Clase media, víctimas de una migración desesperada

FOTO PARA NOTA PRINCIPAL- HISTORIA DE YELITZA
Angustiados por la crisis, venezolanos huyen de su país sin saber a lo que se enfrentan  Foto: Alejandro Álvarez Camino

María José Martínez

latribunadetodos@gmail.com

Miami-Florida

Yelitza Gómez lleva tres meses en los Estados Unidos, pero, con las seis mudanzas y los innumerables trabajos que ha tenido, siente que pasaron cinco años de su vida.

“Lo más difícil ha sido venir con los niños, ellos no están felices aquí”, dice mientras se reparte en atender a sus hijos y doblar la ropa que le tocó lavar en una lavandería pública, ubicada al frente de su casa.

El pequeño apartamento de una habitación, donde vive actualmente, está cerca de la “Pequeña Haití”, una zona situada al norte de Miami, conocida por congregar a los inmigrantes del país caribeño y considerada entre las menos seguras para vivir. Es en este lugar en que el Yelitza (nombre con el que prefiere identificarse) intenta hacer un hogar para sus hijos, de 5 y 2 años de edad.

APARTAMENTO DE YELITZA
Actual vivienda de Yelitza – Foto: Alejandro Álvarez Camino

 

 

“Mi angustia es conseguir la renta. El jueves tengo que pagar $700 y solo tengo $500. Le dije a mi esposo que vendiéramos los anillos de matrimonio, pero a la calle no volvemos”, dice esta docente universitaria y licenciada en Recursos Humanos, de 30 años de edad, que trabajó en la administración pública.

Los pocos enseres y utensilios con los que amobló la casa, entre ellos un colchón y una televisión, fueron regalados por conocidos, en su mayoría donados por el programa “Raíces” de la ONG Venezuelan Awareness Foundation que ayuda a los venezolanos en situación de carestía.

DONACIONES A YELITZA.JPG
Platos y vajillas fueron donados por conocidos

LA URGENCIA DE EMIGRAR

Dejar Cumaná, donde Yelitza vivió por 13 años, no fue difícil. A su esposo, un cajero de banco en una entidad financiera del Estado, lo despidieron por su posición política. “Como a mí, le hicieron la guerra hasta botarlo”.

No fue quedarse sin trabajo y sin seguro médico, o el robo de su moto, lo que los hizo dejar el país, sino la escasez de un antibiótico para curarle la amibiasis a unos de sus hijos.

“Tuvimos que darle un remedio vencido. Los últimos días, antes de venirme, abría la nevera y no tenía que darle de comer a mis hijos”, relata entre lágrimas.

EMIGRAR PUEDE SER UNA PESADILLA

Como muchos que emigran, a ella y a su esposo los enamoraron con el “sueño americano”. Vendieron sus bienes más preciados y solicitaron el cupo Cadivi, único acceso a dólares para viajar al exterior. “Hasta cerveza vendí en la playa para venirme acá”, recuerda.

Con el dinero reunido, alrededor de $4200 y la propuesta de ayuda de sus familiares llegaron a la casa de una prima, en Miami. La luna de miel duraría menos de una semana.

Los problemas de convivencia por cocinar, comer o “sacudir a mis hijos (que volvieron a orinarse, después de dejar el pañal”), tensaría las relaciones; lo que los obligaría a peregrinar por las casas de otros familiares.

Pasarían por otros tres lugares, incluyendo la vivienda de un pastor, antes de llegar al apartamento que hoy sus hijos dibujan como un hogar desde que dejaron Venezuela.

“Si lo volviera a pensar no me vendría para acá, buscaría otro sitio. Aquí si estás ilegal no puedes trabajar y pasas mucha necesidad”.

Por ahora su esposo, de 31 años de edad, reparte comida durante 12 o 14 horas al día, en las que reúne $40, mientras ella limpia casas, a veces durante la madrugada, donde entre los dos ganan $3 la hora.

Su último empleo en un restaurante colombiano, en Miami Beach, le dejó el sabor amargo de la discriminación. “Nunca imaginé que un latino explotara a otro latino. Por ser venezolano te hacen trabajar más que el resto”.

La situación de Yelitza es desconocida por su familia en Venezuela. Sin embargo, con los 50 centavos que tiene en el bolsillo y los $25 que le quedan a su esposo, es optimista.

“Pese a todo creo ha valido la pena, mis hijos hablan inglés. La comida y el colegio no me falta porque recibo apoyo de la iglesia y el Gobierno. Además, tengo un socio que está allá arriba y me ayuda. Lo sé, porque en mis condiciones nadie nos daba visa y a mí me la dieron”.

Este nota también fue publicada en el Diario 2001 en su versión impresa y web.

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2 respuestas a “Clase media, víctimas de una migración desesperada

  1. Este artículo me recordó a mi nieto que se fue con la novia hace un año, con la carrera a media y Gracias a Dios se casaron allá, el me dice que trabajan duro pero poco a poco se han ido acostumbrando a su nueva vida. Se casaron, alquilaron un apartamento de una habitación compraron un carrito y allí están . Ya les entregaron la tarjeta para trabajar y poco a poco van avanzando

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